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EDITORIAL #2

ECL


Pertenecemos a la porción de la humanidad que cree que las grandes ciudades están en proceso de descomposición, lo mismo que la sociedad y el modo de producción que las hizo posibles. No es necesario realizar acercamientos teóricos ni buscar en autorxs clásicxs las señales de ese proceso de putrefacción generalizado: el vivir en una metrópolis ya dice, indica o alerta al habitante de que algo no anda bien con la forma tortuosa en que debemos lidiar con el tiempo y el espacio, y también entre las personas.
Cuando el cuerpo te pide dormir para recuperarse, pero la obligación social de trabajar y estudiar te obliga a violentar el cuerpo, levantarte a las 4 de la mañana para recorrer horas en las autopistas o en el subsuelo, y entrar en guerra con una gente que de otra forma sería tu compañera o tu aliada, ya tienes en tus manos (y en tu cuerpo devastado) la información veraz, objetiva y al instante: hay algo en el ser natural que se rebela contra la urbe pero ésta siempre termina imponiéndose.
Para desenvolverse en la vida de la ciudad sin que nos cataloguen de dementes o diletantes hay códigos, hay normas. Esos códigos y normas las impusieron el capitalismo, la religión y otras instituciones autoritarias, El capitalismo dice que si no trabajas no comes, que si haces un trabajo “menor” (como construir las casas y la vialidad, mantener limpias de basura y de delincuentes las calles u otros como repararle el auto, limpiarle la casa, cuidarle lxs niñxs, lavarle y plancharle la ropa a lxs ricxs o profesionales de clase media) tu vida debe ser más miserable que la de aquellxs que “se quemaron las pestañas” estudiando. Y la religión te dice que si descubres la injusticia y comienzas a hacer algo al respecto (robar, protestar, meterte a comunista) la gente de bien ha de mirarte mal y probablemente terminarás en el infierno, previa escala – patrocinada por otras instituciones autoritarias- en la cárcel, la morgue o la locura. Conclusión: “esto” funciona con una dinámica que debe ser violentada urgentemente, porque ni Dios, ni los sacerdotes, ni los millonarixs, ni el dinero deberían sembrarnos la vida de límites y condiciones.
Respecto al futuro de esta ciudad, o del asentamiento donde han de vivir los seres humanos del mañana, existen las siguientes posibilidades (con sus variables correspondientes).
1.-Salvar a la ciudad mediante su conversión en espacio socialista. (Acá caben infinitas opciones, entre ellas: o lo hacemos gracias a la elevada intervención de camaradas rusxs, chinxs o los correspondientes profesionales nacionales, expertxs reconocidos por el mismo estado burgués que construye en contra del pueblo, o “el pueblo” se empodera y transforma su espacio con los conocimientos que hemos adquirido de toda una vida construyendo para lxs otrxs).
2.-Desalojar o destruir ese espacio para luego proceder a la construcción de otra forma de asentamiento. Lxs defensores o convencidxs de que el primer camino es posible han formulado y experimentado formas de convivencia dentro de la ciudad. Su misión ha sido intentar apartarse o vivir al margen de las llagas más notables del sistema capitalista: el consumismo, el individualismo, la actitud de competencia permanente, la sobrevivencia dentro del capitalismo pero conservando el empuje suficiente para comenzar a construir otro tipo de relaciones sin abandonar este espacio, descompuesto pero susceptible de ser utilizado “para otras cosas”. Aquí vivimos, aquí luchamos y aquí damos ejemplo: “lo que hay” es asqueroso pero puede ser resignificado y reconstruido.
Quienes defienden la segunda opción acuden a la raíz y presunto origen del problema: si las ciudades actuales fueron creadas y moldeadas para servirle a un sistema que está muriendo, entonces la creación de un nuevo sistema debería prescindir de lo que le sirvió al actual. Según esta perspectiva, nada que se intente corregir en un monstruo de cemento hecho por esclavxs al servicio de burgueses y burócratas puede funcionar. La ciudad no es viable ni tiene salvación posible, por lo tanto es preciso abandonarla y construir otros asentamientos donde se recupere lo humano y se deseche lo que heredamos de una vergonzosa etapa de la historia de la especie: “lo que hay” es motivo de vergüenza y debe ser desechado.
Un signo común hermana a las dos propuestas: lxs seres humanxs vivxs en esta fecha sólo podemos aportar experimentos y ejemplos focales. Lo que hagamos hoy será revisitado en el mañana por lxs nietxs de lxs nietxs de nuestrxs nietxs, y será visto como un balbuceo o intento de gateo. Pero ningunx de nosotrxs verá con sus ojos la ciudad (o el poblado o asentamiento) socialista o “de otro tipo” con el que soñamos. Pero soñarlo es una tarea.
Y de eso va este número de Plomo: tanteando entre estas dos propuestas, está el pensamiento y la acción de una gente que sabe que “esto” anda mal y hay que comenzar a pensarlo de otro modo.

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