Ir al contenido principal

EDITORIAL #1

ECL


LA MAYORÍA DE LAS PERSONAS SON (SOMOS) ESCENCIALMENTE PACIFISTAS. Amamos la paz. Pero ¿en serio? ¿De verdad-verdad? A ver: al menos conscientemente, nos perturba, indigna o intimida la violencia, le tenemos pánico a la posibilidad de ser víctimas de un hecho violento, estamos convencidos de que en la sociedad ideal no debe haber agresiones de seres humanos contra sus iguales, porque este estadio de la historia humana se llama barbarie (y antes de eso hubo algo todavía peor, llamado salvajismo) y nadie quiere ser bárbaro: todos queremos ser civilizados, y en efecto lo somos, si nos dejan.
¿Se fijaron en la frase que alude a “la posibilidad de ser víctimas de un hecho violento”? Pues partamos desde allí y veamos que a lo mejor no es tan cierto eso del carácter pacifista nuestro.
Nos aterra la posibilidad de ser víctimas de la violencia, pero es posible que nos parezca justo y hasta refrescante el ver a otros (por ejemplo, a enemigos históricos, domésticos o circunstanciales) siendo objeto de tratos violentos.
¿Justo? Sí, y varias costumbres, tradiciones y rituales lo atestiguan, desde una sólida y permanente cultura cinematográfica hasta la noción misma de justicia: los héroes históricos o ficticios que nos parecen modelo a seguir son sujetos (o hegemonías, o equipos, o ejércitos) que se como dedicaron a revolcar, patear y destruir a los malos. “Los malos” son aquellos personajes o colectivos que nos enseñaron a detestar; los buenos son esos tipos que piensan como uno. Al hecho de joderle la vida a alguien en nombre de una presunta justicia formal o informal lleva una denominación que lo justifica todo (palizas, torturas, asesinatos, descuartizamientos): “Darle (a alguien) su merecido”. El merecido es el castigo inhumano que se le inflige al maldito, alguien que “se lo merece”. Uno nunca se merece ningún castigo. Pero hay tipos y tipas que sí: a esa
gente hay que coñacearla. A los malos hay que darles su merecido. Y ese merecido lo dan a veces los superhéroes, a veces los héroes históricos y a veces el Estado. Un fascineroso apellidado Foucault ha dicho que la justicia es la institucionalización de la venganza. Es la violencia soportada en papeles y leyes.
Como “unx” no tiene el coraje o las armas o los superpoderes para destruir a los malos, entonces sentimos una enorme admiración por sujetos que sí patearon los traseros que nosotros no hemos podido ni podremos patear. De allí que sigamos llamándonos pacifistas pero adoramos esos episodios y caracteres (violentos) que convirtieron en ídolos y objetos de adoración de las masas a Supermán, Alejandro Magno, el Zorro, Washington, Los Tres Mosqueteros, Bolívar, el Che Guevara, Rambo y Ghandi. ¿Ghandi? ¿El pacifista por antonomasia? Sí, ese mismo por cuyo nombre y mandato tantos hindúes se hicieron masacrar.
¿Refrescante? ¿Puede parecerle a alguien refrescante una escena violenta, una agresión contra personas? Favor revisar la historia del deporte, las visitas masivas a los videos más enfermizos de asesinatos en internet, la antología de los despedazamientos que ha convertido a Hollywood en pandemónium de dólares y admiraciones.
Como eso de la aplicación de la violenta justicia no puede quedar en manos de gente como ustedes y como nosotros (gente “normal”, sin superpoderes y a veces ni siquiera poder) alguien inventó un orden en el cual el Estado monopoliza la violencia y sus herramientas canónicas (las armas).
Cuando un ciudadano utiliza o intenta utilizar la violencia de las armas al margen del Estado (pongamos por ejemplo, que mata a otra persona en una calle cualquiera) se enfrenta a dos opciones: 1) Es un ciudadano rico que ha comprado un permiso del Estado para usar armas y practicar con ellas en polígonos de tiro sólo para ricos, y por lo tanto tiene cómo demostrar que su uso de las armas ha tenido un fin previsto en las leyes (defender su propiedad o integridad física), con lo cual será exculpado, justificado y seguramente admirado entre sus iguales; 2) Es un ciudadano pobre y será condenado. ¿Así, sin más explicación? Sí, porque un ciudadano pobre que lleve armas SIEMPRE estará al margen de la Ley y en contra de las normas morales.
¿Siempre? Siempre. Porque tanto las leyes como las normas morales fueron concebidas e impuestas a la sociedad por sujetos con una misión: proteger a la gente que tiene dinero y bienes de la gente que no tiene nada. Las clases acomodadas, los acaudalados y profesionales (la gente de bien) temen ser víctimas de la violencia (todos le tememos a eso, ¿recuerdan?), así que sus representantes crearon leyes y normas para mantener a raya a los pobres, esos cuya misión es ser esclavos o sumisos, así el bombardeo propagandístico del capitalismo los empuje, incite e invite todo el tiempo a parecer ricos y acomodados. Te muestro la carne pero sólo te entrego el hueso, y si vienes por la carne te apreso o te liquido.
RICO CON PISTOLA: ciudadano armado.
POBRE CON PISTOLA: malandro.
¿Es mal visto entonces que los pobres tengan armas y asesinen? Sólo si dejan de matarse entre ellos y tratan de dirigir su rabia hacia los de arriba. Nadie o poca gente hablaba del hampa desataba cuando ésta se restringía a la periferia de la ciudad. La cosa preocupa es ahora, cuando la violencia de los pobres se deja ver en las calles céntricas y urbanizaciones de gente decente.
¿Más detalles? En el resto de la revista. Que para escudriñar la materia es este número.

Comentarios

Entradas populares de este blog

PLOMo #6

PLOMo #5

Lo que suena # 2

Por Zerpector
Jevas de-generadas. Si crees que la música hecha por mujeres en Latinoamérica se limita a los patrones de Shakira, Thalia y Olga Tañón, estas reseñas son para ti mesmx. Te traemos tres propuestas muy distintas entre sí en lo formal (rock/rap/merengue), pero íntimamente relacionadas en la confrontación y el “no me jodas mamaguevo”. Ya sea hablando del amor, la política o el abandono, estás jevas no están comiendo jobo. Cada una en su trinchera está marcando pautas: íntimas y violentas al mismo tiempo.

JESSY BULBO - MÉJICO » TELEMEME (2010)
“no leas no trabajes… ¿quién te quiere? Ay, aquí está tan rico”.
Es difícil divertirse y asustarse al mismo tiempo. Esa creo que es, a fondo, la intención del tercer disco de Jessy Bulbo, grupo que desde el 2006 usa el rock para pasar “de lo desquisiante a lo tierno”, en sus propias palabras. Si bien este disco no es, en mi opinión, tan “rudo” como Saga Mama (2006) y Taras Bulba (2008); sí demuestra una transición coherente y eficiente desde…